La última vez que vi a mi mamá fue en 2019.
Fui con mi hija a visitarla. Pasamos unas pocas horas juntos, porque ese mismo día nos íbamos para San Andrés. Era la oportunidad de viajar con mi hija, algo que nunca había podido hacer en sus 19 años de vida.
Hoy… ese día vive en mí de otra forma.
Recuerdo su voz con una claridad que duele.
Con una ternura inmensa me dijo:
“Andy, quédate… pasemos un tiempo juntos… te quedas con Mari…”
Y no me quedé.
En ese momento no lo entendí.
No sabía que ese instante iba a quedarse suspendido en el tiempo como un punto final.
Me fui pensando que habría más días.
Más visitas.
Más conversaciones.
Más tiempo.
Pero ese “después” nunca llegó.
Y ahora… el alma vuelve a ese momento una y otra vez.
“Si me hubiera quedado…”
“Si hubiera cancelado el viaje…”
“Si hubiera entendido…”
Pero no entendía.
No podía entender.
Porque no sabía.
Y ahí nace este dolor.
No en la decisión…
sino en el conocimiento que llegó demasiado tarde.
Hoy me pesa no haberme quedado.
No haberle dado más tiempo.
No haberle regalado días, semanas, meses…
Duele el alma pensar en ella, en su casa en Suesca… sola…
anhelando pasar tiempo conmigo.
Pero en medio de ese dolor… empiezo a ver algo que antes no veía.
Ese día sí estuve.
Sí fui.
Sí la abracé.
Sí escuché su voz.
Y tal vez… aunque no fue todo el tiempo que hoy quisiera haberle dado…
Para ella… fue tiempo con su hijo.
Y una madre no mide el amor en cantidad.
Lo reconoce en presencia.
Hoy no puedo volver a ese día.
No puedo cambiar esa decisión.
Pero sí puedo decidir qué hago con este amor que sigue aquí… intacto… presente… vivo.
Puedo recordarla.
Puedo honrarla.
Puedo vivir de una forma que refleje lo que ella sembró en mí.
Y tal vez…
solo tal vez…
eso también es quedarme.
El Señor te tenga en Su Presencia para siempre ma. LvU so much.